Y entonces el silencio reinó. En ese
espacio alto rodeado de pilares y herrería, se notaban las flores abandonadas
en el piso y la luz restante de las velas formando una cruz.
El llanto había cesado hace ya tiempo, ahora solo estaba yo, mirando desde la oscuridad lo que restaba de esa profunda tristeza. Me parecieron distantes todas esas lágrimas derramadas y las palabras de aliento y desesperanza. Los rezos en trance y el color de la madera en donde él estaba. El brillo del cristal, su rostro en esa fotografía.
Como seres humanos tenemos privilegios, pero ser conscientes de nuestra vida también nos hace conscientes de la muerte. La vemos pasar por un lado, llevándose a las personas que amamos y siempre hay una quietud extraña que viene después de la desesperación y la pena. Aun después de tantas veces, aun después de verlo tanto, cada despedida es diferente.
Las circunstancias son cambiantes, el sentimiento, el horror, la resignación. Todo va de saber qué es lo que dejamos ir, qué es lo que hicimos, qué es lo que pudimos hacer.
El llanto había cesado hace ya tiempo, ahora solo estaba yo, mirando desde la oscuridad lo que restaba de esa profunda tristeza. Me parecieron distantes todas esas lágrimas derramadas y las palabras de aliento y desesperanza. Los rezos en trance y el color de la madera en donde él estaba. El brillo del cristal, su rostro en esa fotografía.
Como seres humanos tenemos privilegios, pero ser conscientes de nuestra vida también nos hace conscientes de la muerte. La vemos pasar por un lado, llevándose a las personas que amamos y siempre hay una quietud extraña que viene después de la desesperación y la pena. Aun después de tantas veces, aun después de verlo tanto, cada despedida es diferente.
Las circunstancias son cambiantes, el sentimiento, el horror, la resignación. Todo va de saber qué es lo que dejamos ir, qué es lo que hicimos, qué es lo que pudimos hacer.
Qué ser tan falto de amor e incomprendido, qué ser tan oscuro y tranquilo, qué alta y que bella, que lejana y próxima. Allí se queda, de pie a un lado de la cruz, observándonos desde la sombra cercana, soplando con su aliento frío y aromático, mientras la luz de las velas se consume.
Se lleva agua y vida, deja polvo y luto. Se lleva debilidad y ansia, dejando espacio; una tierra fértil, en donde nacerá, cualquier cosa.
Jardinera de este mundo, te llevas las flores, dejando esperanza...
En memoria de mi abuelo.
A. I. Mendoza Seda

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